jueves, 28 de enero de 2010

La lengua y la pluma roja

Papelito ¿habla?
En uno de sus famosos aforismos, Oscar Wilde afirmó: “No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo bien”. El editor corregiría al artista en la segunda parte del consejo: “Tener algo que escribir y escribirlo según el manual de la casa”. Esta variación resta sencillez y belleza al original, pero expresa brevemente, según la recomendación de Juan de Valdés, dos ideas indispensables para entender cómo debe emplearse el español editorial.
En primer lugar, es necesario comprender la diferencia entre lengua coloquial y lengua escrita. A pesar de que la subjetividad puede influir en nuestro juicio, es fácil reconocer a quien habla bien, porque se expresa con fluidez y con claridad. Estas dos cualidades son iguales en importancia, pero influyen de manera distinta en nuestra percepción. Al comunicarnos corrientemente, dejamos que nuestras ideas fluyan con libertad desde nuestro corazón o desde nuestro cerebro hasta nuestras cuerdas vocales, y, por eso, tenemos el tiempo mínimo para organizarlas, para establecer jerarquías y buscar los vocablos que precisen la noción que nos interesa expresar. Esa brevedad entre el plan y su ejecución explicaría y, en su caso, podría disculpar algún dislate. No sucede así cuando se escribe.
Quienes tienen facilidad de palabra pueden, en unos segundos, concebir un mensaje, disponer sus partes en el mejor orden lógico posible y pronunciar las palabras necesarias para compartirlo con sus semejantes. Estas habilidades brillan más en quien las posee si comparamos un buen orador con un hablante promedio: el primero piensa lo que va a decir, el segundo dice lo que va a pensar; en este último hablante, la organización sucede a la enunciación, lo que fuerza el discurso, lo hace farragoso e innecesariamente abundante; esto da como resultado la disminución de la claridad. En este ámbito, la lengua y la pluma se benefician por igual de lo conciso.
Sin embargo, un buen orador no necesariamente escribe bien y viceversa. Hablar y escribir comparten el objetivo, pero no los medios ni las estrategias. No hay declamador más infame de los poemas de Pablo Neruda que Pablo Neruda, por citar un lugar común. Dos contraejemplos: la impresión de viva oralidad en El llano en llamas no es resultado de la transcripción simple, sino de un laborioso trabajo de retórica poética, pero sobre todo de edición que Rulfo hizo de su propia obra. Así también, la expresividad contenida en los sucintos diálogos dramáticos de Ibargüengoitia mereció su distanciamiento de Usigli, pero le valió un lugar de honor en nuestras letras.
Así, la primera condición para escribir bien es distinguir el énfasis del subrayado: lo que hablamos, por más bello que nos haya salido, debe tener apariencia distinta en negro sobre blanco si queremos conservar esa belleza (además de sus cualidades prácticas). Una tarea básica del editor, entonces, será suprimir (o por lo menos disfrazar) todo vestigio coloquial en un discurso impreso. Los escritores inexpertos olvidan, por ejemplo, que por escrito se prefiere la voz media en vez del impersonal, o que hay expresiones que suenan bien, pero no se ven bien. ¿Quién pondría por escrito, en un informe de carácter medianamente oficial, que “no se deben despilfarrar recursos porque estamos en el último jalón de la campaña”?

La policía editorial: el manual de estilo de la casa
Queda por explicar la segunda parte del aforismo al que le metí mano. Escribir siguiendo el manual es la definición de escribir bien, por lo menos en términos editoriales. En aras de la comunicación efectiva y de la economía de la lengua, un escritor que aspire a la competencia del español editorial debe conocer sus convenciones. Unas cursivas bien puestas ahorran tiempo y anarquía, permiten distinguir si se escribe, por ejemplo, sobre un personaje o sobre una novela, sobre un libro o sobre un artículo suelto. Ni qué decir de la puntuación y los acentos diacríticos; quienes conocen sus secretos son especie que se extingue, a pesar de que sus reglas no son herméticas ni crípticas: cualquier persona interesada en mejorar su escritura puede dominarlas en menos de una semana. En justicia, hay que decir que esas reglas tampoco son infalibles, pues dependen, en muchos casos, de la intuición del autor.
Como no es seguro que todos desarrollen ese sexto sentido de la misma manera, afortunadamente existe el manual de estilo, y quienes deban trabajar juntos están obligados a respetarlo, aun cuando no estén de acuerdo con él en todo. Por ejemplo, ese aun que acabo de escribir junto a cuando ¿lleva acento gráfico o no? Según la regla, aún se acentúa si es temporal (significa todavía), pero no se acentúa si es concesivo (y significa “hasta” o “incluso”). Aun cuando no estén de acuerdo, por lo tanto, parece muy afín a incluso, por lo que no llevaría tilde, pero su yuxtaposición con cuando parece conferirle carácter temporal, por lo que sí debería llevarla. Qué angustia. El editor puede elegir entre perderse por las veredas de sus propios razonamientos sobre la mayor antigüedad del huevo o de la gallina, o consultar el manual, cuya existencia supone que ya hubo un grupo de editores, escritores, investigadores y usuarios de la lengua que se propusieron resolver ese enigma, y tomaron una decisión práctica al respecto. Wenceslao Ortega, por ejemplo, en su Ortografía programada, sugiere que aun cuando, aun si y cualquier otra combinación (incluso aun entonces) deben prescindir de la tilde, que sólo se escribirá si aun es una sola palabra y es, sin duda, sinónimo de todavía. Podemos no estar de acuerdo, pero por lo menos es un criterio claramente expresado y de fácil memorización, para el que aún no conozco excepciones.
De este modo, un juicio aceptado y defendido en una casa editorial puede ser perseguido y censurado en otra, aun si ambas editoriales comparten el mismo objetivo, el mismo mercado, el mismo autor. Lo importante, en cualquier caso, es tomar partido de modo claro y establecer un criterio confiable, bien conocido e, idealmente, compartido por quien escribe, quien edita y quien lee.

Lo bueno, si breve, ¿dos veces más difícil de editar?
La función editorial es como el Agua Zafia que describió Ibargüengoitia en Dos crímenes: una gota cura la acidez, dos estimulan el apetito, cinco son un afrodisiaco, diez constituyen un tónico que alarga la vida, dos cucharadas ponen en peligro la salud y su administración en exceso mata a cualquiera. Porque los textos son como las películas: distintos editores del mismo material pueden significar la diferencia entre la Palma de Oro y la Frambuesa de Oro.
Un buen editor, por lo tanto, debe aplicar dosis armónicas del manual de estilo y de su propia sensibilidad, con el cuidado constante de respetar el espíritu del texto con el que esté trabajando. El secreto para el éxito de esa receta consiste, me imagino, en no perder de vista una doble estrella polar formada por la intención del autor y el perfil del público al que se dirige el texto.
Por eso, el editor debe desarrollar la habilidad de leer en múltiples profundidades, que van desde el lento desmenuzar carácter por carácter, hasta la asimilación cabal de la idea entera, para asegurarse de que no existe solución de continuidad entre palabras ni entre ideas, entre párrafos ni entre capítulos. Pero, también mientras lee y corrige, ha de recordar que el texto debe ser inteligible para cierto tipo de lector, con aspiraciones y cultura determinadas que seguramente influirán en el modo como lo recibe. La tarea, entonces, es satisfacer a ese lector sin que lo note, mediante sutiles modificaciones del texto que lo hagan amable para el receptor, sin traicionar a quien lo compuso. Un día, un colega danés me confesó con vanidad que no tenía ni idea del nombre del primer ministro de su país, y se justificó diciendo que cuando el pueblo no sabe cómo se llaman sus políticos es porque trabajan tan bien que no se hacen notar. Aunque parezca injusto, ése es el destino del buen editor: su trabajo será más valioso cuanto menos parezca que hace falta.
Por último, si en estas líneas he insistido no sólo en la precisión sino también en la belleza, es porque las considero variantes de una misma cualidad: la sencillez. Ítalo Calvino propuso que este nuevo milenio se caracterizará por la brevedad y la ligereza, y dijo que cuando mejoraba uno de sus escritos, la operación consistía siempre en sustraer peso. Un editor no puede evitar sentir un ligero desasosiego cuando ha pasado varias planas sin marcar con su pluma roja, pero a cambio experimenta la sensación única de reconocerse en el otro, alguien que deja de ser un completo desconocido porque utiliza la lengua con la misma elegancia sencilla y belleza con que la utilizaría él.

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